| Talla en Madera |
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Un sucinto y rápido recorrido por la flora autóctona, dibuja en el sur provincial el espacio verde por excelencia. Las sierras de Francia y Béjar, junto a las estribaciones de la Sierra de Gata, son suelos que abrigan raíces de robles, castaños, nogales y alcornoques, amén de algunos pinos y hayas. La encina perfila el paisaje adehesado de la zona centro, sin hacer menoscabo de los robledales que junto a ella extienden sus ramas en forma de barda, rebollo o quejigo, llegando a bautizar algunas áreas allí enclavadas como es el caso de Las Bardas. El monte bajo de roble, en las Tierras de Vitigudino apadrina comarcas, cual sucede con la Ramajería. Sin dejar el noroeste, encinares entre besanas, berrocales y carrascos saludan al río Tormes en las Tierras de Ledesma. El aprovechamiento de las diversas especies arbóreas que en esta geografía crecen, es preocupación que aflora en la documentación histórica: desde la señalización cronológica para su tala, las penalizaciones impuestas por “agollar, batir, aserrar” madera sin licencia o venderla fuera de la jurisdicción; hasta un exhaustivo control de su destino para aquellos casos en que el Concejo hubiese autorizado servirse de este bien común; abundantes dictámenes como estos recogidos en las Ordenanzas de Béjar (1577) han cuidado el correcto uso del monte, el árbol y por extensión la materia que nos ocupa. Muchas parecen ser las especialidades que han tenido como materia prima la madera. Algunas de ellas han sido absorbidas por otras o simplemente ha desaparecido de la nómina artesana, el quehacer de ensambladores y entalladores de cuya categoría responden nuestras catedrales, iglesias y conventos en las que la calidad e imaginación son constantes a destacar. Los carpinteros especialistas en carretería fueron numerosos en toda la provincia y sería injusto, no recordar que junto a ellos, afamdos pintores de Macotera, Galinduste, Villavieja de Yeltes… hicieron del carro, algo más que un útil de trabajo, una auténtica pinacoteca del arte popular. Pero ante la aparición de nuevos medios de locomoción y transporte no dudaron en decidirse por otras opciones, algunos de estos constructores de carros enfocaron su manualidad hacia la carpintería general, otros tuvieron que familiarizarse con nuevos materiales y técnicas, olvidando “zarzos, tableros y pértigas”. Rara era la población, hasta épocas recientes, que no contaba entre sus vecinos con algún carpintero más o menos cualificado, cuyos conocimientos resultaban suficientes para cubrir las necesidades primarias, tanto en lo que entendemos por carpintería de armar, como de taller y ebanistería. En 1776, la capital salmantina contabilizaba unas 200 personas, entre las diversas especialidades y estamentaciones, cuyo principal medio de vida residía en el tratamiento de la madera en sus diferentes posibilidades. Hoy, nuevos criterios decorativos y funcionales han influido en estos artesanos; junto a las maderas de especies autóctonas que el entorno natural ofrece, se apilan otras adquiridas a través del mercado nacional y de importación; al utillaje heredado se ha ido añadiendo un nuevo instrumental que permite una elaboración y acabado más acorde con las necesidades actuales sin perder, por ello, el virtuosismo artesanal.
En las carpinterías salmantinas se acometen actualmente trabajos relevantes, tanto en mobiliario doméstico y de oficina, como de elementos arquitectónicos. Para ello resulta óptimo el trabajo en equipos empresariales como es el caso de “MAN”, taller que concede además gran importancia al proyecto y diseño. Conrado Martín Marcos, en Sotoserrano o El Soto, se emplea a fondo en la carpintería de arquitectura. En formas antiguas o de nuevo diseño, este profesional, colabora armando las estructuras de marcos, puertas y ventanas, primeramente en el taller, para completar sus ensamblaje en los edificios y estancias para las que han sido preparados. La selección de maderas para las que han sido preparados, función de unas premisas decorativas y de calidad.
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Sin sobreestimar la presencia maderera en la provincia de Salamanca, justo es reconocer un generoso y variado paisaje que durante siglos ha ofrecido a sus gentes la materia necesaria para elaborar cuantos elementos arquitectónicos, laborales, domésticos…, han requerido.
La introducción en el mercado de materiales alternativos (laminados, chapados…) como soporte para el mueble estandarizado y modular, contrariamente a lo que se temía, ha supuesto una revalorización del muebles artesano, no sólo por la minuciosidad que supone un trabajo de encargo, sino por el reconocimiento innegable de la madera.
Satisfechas las necesidades primarias, el hombre ha querido realzar sus propiedades decorando con mayor o menos profusión sus útiles y enseres. El derroche de paciencia es virtud que cuida Tomás, calmado y preciso como reflejan sus dormitorios, escaños o marcos. El mobiliario doméstico de la casa popular salmantina, al igual que su morador, era reflejo de sencillez y austeridad. Esta tendencia fue rompiéndose en algunas ocasiones y especialmente en comarcas que desde siempre han gustado de la profusión de elementos decorativos. Símbolos solares, motivos geométricos, zoomorfos o cinomorfos. Iniciales, fechas, escudos y leyendas aparecen como seña personal en algunos ejemplos, tal es el caso del arca de novia, mueble imprescindible en la dote de la mujer serrana.




